El bernegal

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Bernegal. Cerámica realizada por Claudia Díaz Gronlier

 

El bernegal (del árabe berniya), es una de las piezas más representativas de la loza tradicional canaria.

El agua es un bien imprescindible en la vida del hombre, y en aquellos tiempos había que traerla al hogar desde las fuentes y manantiales. El bernegal servía de recipiente para almacenarla y a su vez mantenerla fresca.

En los patios de las casas tradicionales de Vegueta , el barrio más antiguo de la capital Gran Canaria, aún pueden verse algunas tallas, hechas con piedras porosas, en forma de cuencos, que recibían y filtraban el agua de lluvia, dejándola caer al recipiente -bernegal-, colocado justo debajo. En él quedaba el líquido atrapado, limpio y fresco, listo para beber.

Muchas casas de la isla contaban con este preciado recipiente, hoy más ornamental que funcional. Sus formas varían de una isla a otra, aunque no en lo fundamental: suelen ser de porte grande, con buena capacidad de almacenaje, gollete de ancho diámetro para poder introducir el vaso y extraer el líquido. Eran, por lo general, decoradas con incisiones que se hacían con ayuda de la piedra de río o la caña, o con adiciones, por ejemplo: tetillas.

 

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Esta pieza fue realizada y cocida en el Centro Locero La Atalaya.

Viaje en el tiempo

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Cerámica realizada por Claudia Díaz Gronlier. Jarra de estribo con octopus. Medidas: H: 55 cm, D: 50 cm. Técnica de levantamiento por tiras.

Esta obra, resultado de un ejercicio de clase consistente en hacer la réplica de una pieza antigua, me obligó a viajar en el tiempo; tanto, que llegué a lo más antiguo de la cultura europea, a lo que se conoce como sus orígenes. Me obligó a visitar, a través de textos y fotografías, la isla de Creta,  Micenas, las islas Cícladas, a conocer la historia del Palacio de Minos, a conocer la historia del hallazgo de sus ruinas. A acercarme a los autores de estos incalculables descubrimientos, el improvisado y acertado  arqueólogo Henrich Schlieman (1822 -1890) y su continuador, el arqueólogo inglés Arthur John Evans (1851 – 1941), ambos máximos responsables de iluminar la historia antigua de Grecia, abriendo a la  humanidad un valiosísimo camino de conocimientos de la existencia del hombre más allá del siglo VII a.C.

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Arthur John Evans

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Mucho lo debemos a la cerámica, quien ha sido y sigue siendo un testigo fundamental, inagotable, gran narrador de las costumbres, creencias, gustos, miedos, necesidades del hombre, en su paso por la tierra.

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Jarra de estribos con Octopus. 1200 – 1100 a.C., Museo Metropolitano de Nueva York. Descripción según ficha del museo. Medidas: H= 26 cm, D= 21,5 cm.

Ecomuseo Panchito

 

Bernegal. Según la técnica tradicional de La Atalaya de Santa Brígida. Gran Canaria. Pieza realizada por Claudia Díaz Gronlier.

 

Las barreras del silencio se rompen al atravesar la pequeña  puerta, esa que parece pertenecer a una casa de muñecas, pero no, es la puerta de la casa  cueva, la mágica puerta que al ceder su cerrojo, nos adentra en un mundo distinto -no muy lejano- un mundo íntimo, de hermosa sencillez.

-Buenas tardes Panchito, he venido a conocerlo.

La luz del patio me hace un guiño y me invita a pasar. Y paso con la sonrisa tonta de los enamorados.

Camino por el patio sobre las huellas de aquel instante capturado por la cámara, porque quiero tocar el banco que veo en la foto, porque quiero una foto en el banco que toco -en su rincón de trabajo-.

A la izquierda, en la habitación cueva, el almacén donde apila los sacos de barro, las herramientas: el aro de hierro (de los toneles de vino) para desbastar la pieza y dejarla tan ligera como fuera posible -había que pensar en la venta itinerante-, las piedras lisas de mar (curvas, planas, de punta,  para raspar, alargar, bruñir el barro), la caña como punzón para decorar la pieza, el molino de piedra para triturar el almagre, los recipientes donde se vertía el agua traída del barranco, tan necesaria para su trabajo y tan ausente en aquellos riscos de La Atalaya. Agua que de tanto aprovecharla se convertía en lodo, también utilizable como pegamento en el proceso de creación de la pieza. La jaula de pájaros, la hornilla, la cazuela para asar castañas…

A la derecha, en otra burbuja de roca, su dormitorio. Una cama, una cómoda, y algunas vasijas de barro -enceres de cocina hechos con sus manos-. Estos son los utensilios de diario que lo adornan y ennoblecen. En una pequeña mesa de noche,  sus zapatillas.

-Maestro, he llegado a intimar con usted más de lo que quizá hubiese usted permitido; pero ver que su calzado carecía prácticamente de suela no hizo sino engrandecerlo ante mis ojos.

Algunas de sus hermosas piezas de barro, aquellas que fueron hechas con arduo trabajo para atenuar las duras carencias en las que entonces se vivía, hoy lucen en las hornacinas de su casa cueva, colocadas por aquellos que presumen de haberlo conocido, como queriendo decir:

-Este es Panchito, nuestro Panchito, -el Maestro Locero de La Atalaya.

A ellos doy las gracias.

 Este artículo fue publicado en el periódico El Heraldo de Vegueta. Nº 10. 

https://blogs.canarias7.es/retrografias/wp-content/uploads/sites/14/2020/06/El-Heraldo-de-Vegueta-10.pdf