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Primavera

Título: Primavera.
Obra realizada por Claudia Díaz Gronlier.

Se trata de  la elaboración de un proyecto académico de finalización del Ciclo Grado Superior Cerámica Artística impartido por la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Gran Canaria.

El objetivo es crear una obra que transmita, mediante un lenguaje artístico y divertido, la experiencia visual del paisaje primaveral de la flora de montaña en Gran Canaria, la importancia de la conservación de esta flora para el ecosistema y la necesidad de protección del medioambiente.

 

La flora de montaña, en la isla, en primavera, es un festival de colores y formas. La cerámica es un medio de expresión ideal, que permite  modelar y colorear la diversidad de esta naturaleza.

La arcilla.

La arcilla es el producto final del envejecimiento geológico de la superficie de la tierra, es el producto de la meteorización de las rocas.
Los lechos de rocas desintegradas, de los que se ha eliminado (por efecto del agua de lluvia) la mayor parte de la materia soluble, pueden gradualmente elevarse a la superficie de la tierra, donde le espera la pala del ceramista.
La composición de la arcilla es muy parecida a la de la corteza terrestre, entre los óxidos que la componen, los principales, por su alto contenido en la arcilla, son el óxido de sílice (SiO2) y la alúmina (Al2O3). El resto de los óxidos que la componen pueden considerarse impurezas.
Existen diferencias entre los distintos tipos de arcillas, la más pura –la más blanca- es el caolín (porcelana), por su bajo contenido en óxido de hierro (Fe2O3) y otras impurezas.
Hay arcillas en su estado natural que contienen impurezas como álcalis solubles o cal que no son apropiadas para el uso cerámico. Esta presencia puede detectarse por la costra de coloración blanca en la arcilla seca.
La naturaleza física de la arcilla, que le da esa gran plasticidad (con presencia de agua en su proporción adecuada toma la forma que se le dé), se debe a la forma de sus partículas y su tamaño extremadamente pequeño. La plasticidad que tiene la arcilla es la que permite modelar infinidad de formas. Estas formas se traducen en objetos cerámicos cuando han pasado el proceso de cocción.

Engobes y vitrales.

 

 

Este plato cerámico forma parte de una serie en la que estoy trabajando, cuyos motivos decorativos se inspiran en los vitrales de las casas coloniales de La Habana.

 «El color de la vidriería, en consecuencia, fue desde sus inicios, fuerte y vibrante. Con la opulencia vegetal y marinera que reinaba en torno, concordaban muy bien los colores primarios y aquellos que los complementan: amarillo de fogoso sol isleño, azul desorbitado, o verde líquido del mar que nos rodea, ámbar de arenas, rojos y violetas de increíbles atardeceres de verano. En cada vidrio luminoso se apresó un trozo del Trópico, y la calidad resplandeciente del conjunto vino a situarse en vitralescos ecos de contrastes de colores planos, como gran lujo arquitectural propio antillano.» Nos dice con acierto Yolanda Aguirre en su libro Vidriería Cubana.

 

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La porcelana -el oro blanco.

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Vajilla cerámica de porcelana. Diseñada y elaborada por Claudia Díaz Gronlier.

 

La porcelana tiene sus orígenes en China, en la ciudad de Jingdezen -ciudad de la porcelana-, que tiene las canteras de caolín mayores del mundo -Kao Lyn (Montaña Blanca).
Los emperadores chinos producían su propia porcelana, por eso las porcelanas se clasifican según las dinastías reinantes, se conoce como el período de las cinco dinastías que abarcó desde el año 907 hasta el año 960 aproximadamente, sus nombres fueron Liang, Tang, Ching, Han y Chon, y Dinastía Song (960 a 1279).

Fue Marco Polo quien llevó el primer frasco de porcelana a Venecia, y quien le da el nombre de porcelana, que procede de un término de la jerga veneciana -porcella-, como llamaban a las conchas de caurí, blancas y muy suaves al tacto. 

Marco Polo habla de la ciudad de Tiungiu y dice: «hacen los platos de porcelana grandes y pequeños y los más bellos que verse puedan…»

El descubrimiento de las rutas marítimas de las Indias en el S. XVI favoreció la exportación de la porcelana a Europa, este producto se dio a conocer como el “oro blanco”, se vendía por su peso en oro, a precios desorbitados.

En Europa, Alemania e Inglaterra comienza una ardua batalla por descubrir el secreto de la fabricación de la porcelana. Se emplea gran cantidad de dinero y de esfuerzo de matemáticos y alquimistas, que se entierran en laboratorios custodiados por la guardia Real, entregando sus vidas al descubrimiento de la fabricación de la porcelana.

En 1707, en Meissen, Alemania, el alquimista Botgger y el matemático Tschirnhaus consiguen fabricar la porcelana.

Johann Ehrenfried

El elector de Sajonia funda, en su castillo de Meissen, en 1709, La Real Fábrica Sajona de Porcelana -la primera de Europa. A continuación se crearon otras fábricas en Europa como Sévres, Limoges, Copenhague, Langenthal y otras.

RECOMENDACIÓN:

portada libro _000029Para los amantes de la porcelana recomiendo una agradable y estimulante lectura, El oro blanco, que nos lleva de la mano de Edmund de Waal por los añejos entresijos de las fábricas de porcelana en la milenaria China.

 

El bernegal

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Bernegal. Cerámica realizada por Claudia Díaz Gronlier

 

El bernegal (del árabe berniya), es una de las piezas más representativas de la loza tradicional canaria.

El agua es un bien imprescindible en la vida del hombre, y en aquellos tiempos había que traerla al hogar desde las fuentes y manantiales. El bernegal servía de recipiente para almacenarla y a su vez mantenerla fresca.

En los patios de las casas tradicionales de Vegueta , el barrio más antiguo de la capital Gran Canaria, aún pueden verse algunas tallas, hechas con piedras porosas, en forma de cuencos, que recibían y filtraban el agua de lluvia, dejándola caer al recipiente -bernegal-, colocado justo debajo. En él quedaba el líquido atrapado, limpio y fresco, listo para beber.

Muchas casas de la isla contaban con este preciado recipiente, hoy más ornamental que funcional. Sus formas varían de una isla a otra, aunque no en lo fundamental: suelen ser de porte grande, con buena capacidad de almacenaje, gollete de ancho diámetro para poder introducir el vaso y extraer el líquido. Eran, por lo general, decoradas con incisiones que se hacían con ayuda de la piedra de río o la caña, o con adiciones, por ejemplo: tetillas.

 

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Esta pieza fue realizada y cocida en el Centro Locero La Atalaya.

Viaje en el tiempo

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Cerámica realizada por Claudia Díaz Gronlier. Jarra de estribo con octopus. Medidas: H: 55 cm, D: 50 cm. Técnica de levantamiento por tiras.

Esta obra, resultado de un ejercicio de clase consistente en hacer la réplica de una pieza antigua, me obligó a viajar en el tiempo; tanto, que llegué a lo más antiguo de la cultura europea, a lo que se conoce como sus orígenes. Me obligó a visitar, a través de textos y fotografías, la isla de Creta,  Micenas, las islas Cícladas, a conocer la historia del Palacio de Minos, a conocer la historia del hallazgo de sus ruinas. A acercarme a los autores de estos incalculables descubrimientos, el improvisado y acertado  arqueólogo Henrich Schlieman (1822 -1890) y su continuador, el arqueólogo inglés Arthur John Evans (1851 – 1941), ambos máximos responsables de iluminar la historia antigua de Grecia, abriendo a la  humanidad un valiosísimo camino de conocimientos de la existencia del hombre más allá del siglo VII a.C.

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Arthur John Evans

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Mucho lo debemos a la cerámica, quien ha sido y sigue siendo un testigo fundamental, inagotable, gran narrador de las costumbres, creencias, gustos, miedos, necesidades del hombre, en su paso por la tierra.

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Jarra de estribos con Octopus. 1200 – 1100 a.C., Museo Metropolitano de Nueva York. Descripción según ficha del museo. Medidas: H= 26 cm, D= 21,5 cm.

Ecomuseo Panchito

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Cerámica realizada por Claudia Díaz Gronlier. Técnica tradicional canaria. La Atalaya de Santa Brígida.

Las barreras del silencio se rompen al atravesar la pequeña  puerta, esa que parece pertenecer a una casa de muñecas, pero no, es la puerta de la casa  cueva, la mágica puerta que al ceder su cerrojo, nos adentra en un mundo distinto -no muy lejano- un mundo íntimo, de hermosa sencillez.

-Buenas tardes Panchito, he venido a conocerlo.

La luz del patio me hace un guiño y me invita a pasar. Y paso con la sonrisa tonta de los enamorados.

Camino por el patio sobre las huellas de aquel instante capturado por la cámara, porque quiero tocar el banco que veo en la foto, porque quiero una foto en el banco que toco – en su rincón de trabajo.

A la izquierda, en la habitación cueva, el almacén donde apila los sacos de barro, las herramientas: el aro de hierro (de los toneles de vino) para desbastar la pieza y dejarla tan ligera como fuera posible, había que pensar en la venta itinerante, las piedras lisas de mar: curvas, planas, de punta,  para raspar, alargar, bruñir el barro, la caña como punzón para decorar la pieza, el molino de piedra para triturar el almagre, los recipientes donde se vertía el agua traída del barranco, tan necesaria para su trabajo, y tan ausente en aquellos riscos de La Atalaya. Agua que de tanto aprovecharla se convertía en lodo, también utilizable como pegamento en el proceso de creación de la pieza. La jaula de pájaros, la hornilla, la cazuela para asar castañas…

A la derecha, en otra burbuja de roca, su dormitorio. Una cama, una cómoda, y algunas vasijas de barro – enceres de cocina hechos con sus manos – estos son los utensilios de diario, que lo adornan y ennoblecen. En una pequeña mesa de noche  sus zapatillas.

-Maestro, he llegado a intimar con usted más de lo que quizás hubiese usted permitido; pero ver que su calzado carecía prácticamente de suela, no hizo sino engrandecerlo ante mis ojos.

Algunas de sus hermosas piezas de barro, aquellas que fueron hechas con arduo trabajo para atenuar las duras carencias en las que entonces se vivía, hoy lucen en las hornacinas de su casa cueva, colocadas por aquellos que presumen de haberlo conocido, como queriendo decir:

-Este es Panchito, nuestro Panchito, -el Maestro Locero de La Atalaya.

A ellos doy las gracias.