La arcilla.

La arcilla es el producto final del envejecimiento geológico de la superficie de la tierra, es el producto de la meteorización de las rocas.
Los lechos de rocas desintegradas, de los que se ha eliminado (por efecto del agua de lluvia) la mayor parte de la materia soluble, pueden gradualmente elevarse a la superficie de la tierra, donde le espera la pala del ceramista.
La composición de la arcilla es muy parecida a la de la corteza terrestre, entre los óxidos que la componen, los principales, por su alto contenido en la arcilla, son el óxido de sílice (SiO2) y la alúmina (Al2O3). El resto de los óxidos que la componen pueden considerarse impurezas.
Existen diferencias entre los distintos tipos de arcillas, la más pura –la más blanca- es el caolín (porcelana), por su bajo contenido en óxido de hierro (Fe2O3) y otras impurezas.
Hay arcillas en su estado natural que contienen impurezas como álcalis solubles o cal que no son apropiadas para el uso cerámico. Esta presencia puede detectarse por la costra de coloración blanca en la arcilla seca.
La naturaleza física de la arcilla, que le da esa gran plasticidad (con presencia de agua en su proporción adecuada toma la forma que se le dé), se debe a la forma de sus partículas y su tamaño extremadamente pequeño. La plasticidad que tiene la arcilla es la que permite modelar infinidad de formas. Estas formas se traducen en objetos cerámicos cuando han pasado el proceso de cocción.

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