esmalte

La Habana cumple quinientos años.

El 16 de noviembre de 1519 Diego Velázquez de Cuéllar presidió, bajo la sombra de una ceiba, una misa para celebrar la fundación de San Cristóbal de La Habana.

La presencia española en la isla, durante siglos, dejó una profunda impronta en la arquitectura, el idioma, la religión, la literatura, la gastronomía… Y La Habana sigue teniendo en su corazón  un pedacito de España.

Los vitrales (vidrieras) son hoy una reliquia de la arquitectura colonial de esta bella ciudad.

La hechura, los motivos decorativos (geométricos, florales, heráldicos) y la función de estas medias lunas acristaladas son consecuencias de la naturaleza del Trópico.

Yolanda Aguirre, en su libro Vidriería Cubana, nos dice con acierto: «El color de la vidriería, en consecuencia, fue desde sus inicios, fuerte y vibrante. Con la opulencia vegetal y marinera que reinaba en torno, concordaban muy bien los colores primarios y aquellos que los complementan: amarillo de fogoso sol isleño, azul desorbitado, o verde líquido del mar que nos rodea, ámbar de arenas, rojos y violetas de increíbles atardeceres de verano. En cada vidrio luminoso se apresó un trozo del Trópico, y la calidad resplandeciente del conjunto vino a situarse en vitralescos ecos de contrastes de colores planos, como gran lujo arquitectural propio antillano.» 

Tanto los trabajos de creación de vitrales como los de creación cerámica son artesanales. Todo tiene que ver los óxidos, con los colores de los vidrios y con la arcilla y los esmaltes. El fuego les da vida: el vidriero funde el vidrio y el ceramista vitrifica la arcilla modelada y la convierte en cerámica.

En la Arquitectura, durante siglos, la cerámica ha sido la reina de la construcción y el vidrio, el mensajero de la luz.

Las piezas cerámicas que he creado son un homenaje a mi ciudad natal que cumple quinientos años de fundada. Me baso en los motivos de estos vitrales, que son un referente de la Arquitectura Colonial Cubana. Cada uno está identificado con el inmueble donde se encuentra, gracias al estupendo trabajo recogido en el libro Vidriería Cubana, de Yolanda Aguirre.